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PANDEMIA: La historia de un virus llamado Corona

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Columna de opinión

por Luis Enrique Salinas C.

Las calles están solitarias. Un leve viento que viene de la costa mueve las hojas de los árboles. La luna desde lo alto alumbra una ciudad quieta y desierta. Solo luces en algunas ventanas muestran la vigilia de muchos de sus habitantes. Todos están obligados a recluirse por el llamado a toque de queda y la cuarentena impuesta por las autoridades.

El diminuto virus recorre todos los lugares, salta de una persona a otra, juega en el viento, se recuesta en el pavimento, se apega a las paredes de las casas, se sube a los techos, se esconde en los rincones, se adhiere a la ropa, se aloja en las camas. Con sus pequeñas púas cubiertas de grasa se posa en cualquier lugar. Acecha a sus posibles víctimas a la vuelta de una esquina.

El “Coronavirus” ha desafiado al mundo. Todos le temen. Tiemblan ante su llegada. El miedo es su mejor aliado. Se cuenta que nació en las apartadas colinas de una ciudad de la lejana China. Pero rápidamente logró escabullirse hacia otras latitudes, dejando su huella de contagio y muerte. Lo vieron con su gran fuerza de destrucción en Irán, Italia, España, Francia, Inglaterra y Alemania. Se expande a otros países, logra atravesar mares y océanos, ataca con furia a los Estados Unidos. Se desparrama por América latina dejando su estela de dolor y muerte. Cruza la cordillera, aterriza en Chile.

El virus paraliza al planeta. Para él todos son iguales, sus víctimas puede ser cualquiera. Nadie queda libre. Es implacable con los más viejos, los que sufren enfermedades, los que tienen menos recursos. Las grandes ciudades y capitales del mundo están cerradas. Los líderes mundiales desconcertados. La economía se derrumba. El virus a pesar de su gran pequeñez y fragilidad enfrenta al planeta y a sus dueños, desafía a  los poderosos del mundo. Los desnuda y cuestiona su sociedad de un mercado globalizado basado en la codicia, el consumismo y las riquezas desmedidas que provocan el hambre y la miseria de millones de sus habitantes.

Las grandes potencias no pueden entender que luego de invertir y preparar a unas fuerzas armadas equipadas con sofisticados y costosos sistemas bélicos, ahora no los puedan defender de este ataque que pone en peligro a todo el mundo. No puede ser que este pequeño virus amenace sus riquezas, haga temblar el sistema financiero internacional.

 

LO MEJOR Y LO PEOR DEL SER HUMANO

El virus está asombrado cómo ante la pandemia y la crisis que provoca su presencia, aparecen las mejores y peores cualidades del ser humano. Surge la solidaridad y el compañerismo para el que está sólo, enfermo o desamparado. Aparece el trabajo heroico del personal médico y de la salud, que con turnos extenuantes tratan de salvar vidas. La labor de asistentes sociales, funcionarios públicos, trabajadores y voluntarios – hombres, mujeres y jóvenes – para ir en ayuda de las familias más necesitadas. El vecino que colabora con “alguna cosita” para el que vive al lado y está sólo, le falta alimento o no puede hacer algún trámite. Los que no abandonan su trabajo para que puedan funcionar todos los servicios básicos para la población, los profesores y profesoras que hacen esfuerzos para acompañar a sus alumnos y preparan clases a distancia, los aseadores y recolectores de basura que tratan de mantener el cuidado de las ciudades.

Junto a esas tantas muestras de bondad y calidad humana, el virus está desolado al ver como también aflora lo peor del ser humano: la prepotencia, el individualismo, el egoísmo, el abuso y la avaricia. No falta el que desea sacar provecho personal ante la situación del otro, el que acapara productos esenciales, ve cómo sacar ganancias de los programas pensados en los más desprotegidos, subir los precios y negociar con las dificultades de los demás, el que despide a sus trabajadores, el que discrimina y persigue a los enfermos. El que no teme decir que salvar la economía es mejor que salvar la vida humana.

Al virus le impresiona que su presencia desordene todo. Ha dejado en evidencia que el mundo en la actualidad no está preparado para vivir en comunidad cuidando a cada ser del planeta, ni para conservar y preservar los recursos naturales. Por el contrario, el mundo está hoy organizado para explotar los recursos de la tierra y a los hombres y mujeres que lo habitan, en beneficio de un reducido grupo que controla el poder y las riquezas del mundo.

Los grandes señores tienen que moverse rápido. El ataque del virus puede ser más profundo de lo deseado. Hay que impedir que se extienda y complique aún más las cosas. Este diminuto enemigo logre aliarse con los millones de pobres y marginados del mundo, rompa las reglas del juego y haga peligrar la sagrada civilización y sus privilegios. Hay que recordar que en tiempos de las Escrituras, Moisés mediante el envío de plagas y pestes, obligó al Emperador a dejar libre al pueblo que tenía oprimido y esclavizado.

No hay que perder tiempo. Se debe priorizar la investigación de las grandes y poderosas cadenas farmacéuticas y laboratorios para que encuentren lo más rápido posible el antídoto para atacarlo. Están seguros que en un tiempo más lo podrán lograr. Con los nuevos remedios y la vacuna que proporcionará de paso grandes ganancias a  la industria, este dañino virus dejará de ser un peligro para la humanidad. Podrá a  lo mejor, seguir atacando a lugares apartados del planeta, donde exista mayor hambre y miseria, pero no volverá a las grandes ciudades y capitales del mundo, ni menos pondrá en peligro a la economía y el  “orden internacional”. Toda la vida volverá a la normalidad. ¡Estamos salvados!

 

ALGO SE DEBE HABER APRENDIDO

“Pero la cosa no puede ser necesariamente así”, se pregunta el pequeño virus. El esperaba que su presencia y sus masivos contagios a nivel mundial provocaran más de alguna duda y aprendizaje en nuestras sociedades. Luego de lo ocurrido con la pandemia, nadie podría dudar ahora de la importancia  que debe tener la salud pública, la necesidad de fortalecerla, entregarle más recursos humanos y financieros. El deber de terminar con el lucro de las clínicas privadas, las Isapres, la colusión de las cadenas farmacéuticas, el libre precio de los medicamentos y de la salud entendida como un negocio. Entender que lo más importante es la vida y la salud de los seres queridos.

Hoy día, luego su paso por esta tierra, nadie debería dudar de la importancia del agua, vital elemento para la vida y la sanidad del ser humano. Por tanto, que el agua no puede estar privatizada en manos de unos pocos y que debe ser un recurso nacional para todos.

El virus esperaría que luego de esta traumática experiencia dejada tras su visita, se reafirmara la importancia de los abuelos, la necesidad de quererlos y cuidarlos. Que no se puede pensar en una sociedad carente de un buen sistema de previsión social solidario que permita tener justas y dignas pensiones para los viejos. Por eso se debe terminar hoy definitivamente el injusto sistema de las AFP.

Del mismo modo, luego de lo ocurrido con esta pandemia, el virus esperaría que en esta sociedad no pueden continuar existiendo los salarios de hambre, el trabajo precario e informal para un elevado número de trabajadores y trabajadoras. La sociedad debe garantizar desde ahora un ingreso básico familiar digno para todos y rebajas en los actuales valores de los servicios de utilidad pública.

La reclusión y las cuarentenas de esta crisis, demostraron que se puede vivir, comprando exclusivamente lo que uno necesita, que la vida es más simple. Que la felicidad no se da en esa locura de comprar, consumir y endeudarse. Que muchas veces, el pequeño almacén de la esquina puede ser suficiente para abastecerse.  La permanencia obligada en las casas, enseñó a muchos la importancia de la familia, el aceptarse y aguantarse, el conversar, el escuchar a los hijos, el compartir entre todos la alegría de las pequeñas cosas.

El pequeño virus esperaría que la necesaria lejanía y distancias de este tiempo, enseñaran que el estrechar las manos, mirarse a los ojos, darse un beso, abrazarse y acariciarse son tan necesarios para demostrar el cariño y el amor que tenemos por el otro. Que la sociedad la formamos todos, que no hay que excluir ni discriminar a nadie.

Que distinto habría sido para todos los chilenos que esta crisis sanitaria provocada por este insignificante virus, los hubiera encontrado teniendo ya resueltas las peticiones económicas y sociales del pueblo expresadas masivamente a partir de Octubre del año pasado. Habría encontrado una sociedad en mejores condiciones, de pie y más fortalecida.

“Más vale tarde que nunca. Sino fue ayer tendrá que ser mañana”, reflexiona el pequeño virus instalado en unas gradas de piedra al pie de un monumento ecuestre en medio de una plaza. “A continuar luchando hasta que la dignidad se haga costumbre”, dice mientras se monta sobre un perro negro que ha llegado al lugar para avisarle que tenga cuidado porque los pacos han llenado un guanaco con agua con jabón.  Ambos cruzan la plaza y se alejan por el costado de un edificio. Ya está por levantarse el toque de queda y comienza a amanecer.

 

Luis Enrique Salinas C.

26 de Abril de 2020  (Al día 38 de la Cuarentena decretada en Santiago)

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